Estate quieta. Cuando quieras saber, estate quieta. Aquiétate aunque te cueste parar. Escucha tú latido, escúchalo latir. Para. Aquiétate. Haz algo que te haga sentir bien, cualquier cosa por boba que parezca, lo simple nunca será absurdo. En el silencio escucharás tu latido y descubrirás que estás viva, ahí en ese palpitar tan simple y brutal a la vez. Ahí, justo ahí, observarás que la vida brota de adentro para afuera y nunca al revés. Imagínate que te encoges y cierras los ojos. Imagínate semilla, vulnerable y llena de vida. Respira y siente que el secreto está ahí, en lo más profundo de ti. Todo está bien, siempre que puedas volver a ti, a ese lugar. Tu puerto está en ti después de cualquier naufragio. Sumérgete en agua salada, abre los ojos bajo el mar y observa. Si hay lágrimas, regálaselas al mar.

Simplemente sé, no pienses, sólo sé y empezarán a llegar respuestas en forma de susurro. Si vuelves a perderte, sólo para, aquiétate y ve hacia dentro, respira y estate justo ahí, donde necesites y el tiempo que necesites.

No, nunca te vas a perder, a menos que no quieras parar y volver a tu latido. Luego saldrás a comerte el mundo, por que cuando sabemos que todo vuelve a comenzar una vez bajamos el sonido del ruido, ya no nos volvemos a perder, pues ya sabemos donde se encuentra la llave.